“La mejor manera de recordar a una persona, es nunca acordarse de ella.”
La luz se apaga.
Justo un segundo antes de que se apague, todo el mundo está en caos. Pero, pero qué mágico, el mundo se muere cuando la luz desaparece. Deberá haber algún vínculo entre la luz y la vida. Piensa ella.
Cada día antes de acostarse, ella suele llevar un rato sentada en la cama . Cierra los ojos. Y empieza a dejarse llevar por algo. Algo misterioso, amargo y dulce al mismo tiempo, y con un golpe fuerte, que ella no sabe adónde va, pero siente el dolor que recorre todo su cuerpo, que tan realmente existe, hasta ella ya no puede vivir sin ese dolor inmenso.
Camina en la calle. La sombra de la catedral brilla exordinariamente. Y el aire huele a vanilla, una vanilla producida de la heladería rosa. Se sienta en un banco esperándo a que venga él. Luego vienen sus amigos y le invitan al bar cerca de la iglesia a la que ellos suelen ir. Y ella les dice que no le esperen, que está esperando a una amiga.
Hace un viento flojito, y se le caen algunos azahares. Suave contacto con la cabeza, y uno se ha quedado en su cabello.
Con esta flor empezó a pasear por la ciudad. Pasa por el río y recuerda que hace poco alguien se estaba ahogando aquí. Pero no le importa. Ahora sólo quiere que el agua se le lleve todo.
Sigue caminando. Pasa por el cine que nunca ha tenido oportunidad para entrar a ver alguna película, y ahora tiene que irse.
Pronto se encuentra con la estación de tren. Coge uno que le llevará al puerto.
Y llega. Las estrellas flotan en el mar. Los faroles se encienden.
La noche avanza. Se ven, tan claramente, todos los caminos que ha recorrido. Se oyen, tan fuerte, todas canciones que le ha recomendado.
De repente se despierta. Casi llora. Mira su reloj, es la una menos 5. Menos mal, la hora para soñar.
Y empieza a dormir. Intenta pintar de nuevo algunos pasos del pasado en el sueño. E intenta entregar la memoria al otro mundo, donde siempre ha creido existe una verdadera gemela de ella.